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| La Verguenza |
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| Escrito por Jorge Montaña | ||||||||
| miércoles, 05 de diciembre de 2007 | ||||||||
Juan Manuel Roca Los gestos retóricos, seguramente como este, nos llenan de una parálisis y de un escepticismo sin tregua. Si insistiéramos en hacer un minuto de silencio por cada uno de los desaparecidos, por cada uno de los masacrados, por cada uno de los secuestrados, este apaleado e irrespirable país permanecería en silencio por lo menos un milenio. Tras las pruebas de vida, como han dado en llamar a algo que nada tiene que ver con la vida de seres vejados por la guerrilla, tras la conmovedora carta de Ingrid Betancur, de una inteligencia a toda prueba y de una acosada lucidez, hay algo inexpresable que se queda en los bordes del lenguaje. Luego de su lectura es difícil no pensar, en medio de cualquier labor cotidiana, en esa mujer y en los cientos de secuestrados, con rabia y tristeza a la vez. Es un espurio plato difícil de tragar. ¿Cómo regresar a nuestros grises asuntos? ¿Cómo responder a quemarropa al buenos días cotidiano? Junto a la fotografía en cautiverio de Ingrid Betancur publicada por la prensa, veo en mi mesa la reproducción de una pintura de Beatriz González en la que se traza a sí misma en la desnudez y en el dolor, cubriéndose el rostro. Creo que, una vez más, el arte sintetiza el horror que nos acompaña. La vergüenza de seguir mirándonos como si nada pasara. Resulta inútil señalar los desmanes de una guerrilla desfigurada y criminal que le niega a una cautiva un diccionario porque seguramente encontrará palabras como libertad o como dignidad, que ellos borraron hace mucho tiempo del lenguaje. Como resulta idiota, en un país sumiso, volver a recordar los desmanes del establecimiento y del para-establecimiento, el cinismo del gobierno y su rosario de mentiras y chantajes. Hemos llegado a un grado de aturdimiento intelectual forzado por una guerra sin dignidades ni grandezas. Las argumentaciones y las reflexiones forman parte de un paisaje inmodificable ante la locura que ronda, al mismo tiempo, los pasillos de Palacio y los campamentos de la selva. La vida sigue, dicen, la función continúa. Y claro, también permanece Luis Eladio Pérez mirando hacia el suelo, que es el único lugar donde encuentra algo que no sea mentira. Viene un día tras otro y convocamos el olvido, pero al intentar leer algo que recuerde que hay sueños y dignidad y poesía, regresan las palabras de Ingrid Betancur, sus pequeños y frustrados deseos y cerramos con desgano el libro. Soy colombiano. Siento vergüenza. Y rabia. Y vuelve a atascarse algo inexpresable en mi garganta, algo que se queda en los linderos del lenguaje. Debe ser lo que los más realistas llaman impotencia.
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